Un grupo de unos 10-12 jóvenes. Un curso para sacarse el título de Monitor/a de Tiempo Libre. Más de 40 grados a la sombra. Córdoba. Plena ola de calor. Un tímido y viejito aire acondicionado nos da el aliento suficiente como para poder conversar en círculo al final de una larga mañana de trabajo. Son casi las tres de la tarde, casi ná!

Nos armamos de valor y les preguntamos ¿os habéis sentido acompañados alguna vez? ¿cuándo? ¿cómo? ¿en qué notasteis que os estaban acompañando? Se hace un pequeño silencio que solo se interrumpe con algún chistesillo del profe “no vale poner como ejemplo cuando te acompañan a ir al baño, en!”

Pensamos un ratito y empezamos a compartir…

Carlos nos cuenta cuando, siendo muy jovencito, hizo un viaje a Madrid y recuerda perfectamente cómo su primo lo llevó por sitios desconocidos, por lugares inimaginables para él hasta entonces, conociendo a gente muy diversa y diferente a la que conocía hasta entonces: “él me cogió de la mano y me enseñó un mundo nuevo, un mundo desconocido para mí y conocí a una gente que me aportó mucho”

Fran comparte la sensación de seguridad “te sientes grande, fuerte, sin miedo a afrontar las cosas si es que estás acompañado”.

Montse nos cuenta cómo se sintió la primera vez que tuvo que empezar a vivir fuera de casa. Cómo el miedo y la inseguridad del principio se fue tornando en autonomía personal y en aprendizajes vitales de la mano de su compañera.

Ale señala a Fran y nos desvela que durante el primer trimestre pasado estuvo a punto de dejar los estudios y que Fran lo acompañó hasta el punto de llamarlo muchas mañanas temprano para asegurarse que se levantaba y hacía las tareas.

Mario recuerda a ese profesor que vio en él las capacidades que hasta él mismo desconocía y cómo le ayudó a ser lo que hoy es.

Helena recuerda, entre risas, el momento en que su hermano le puso las llaves de la moto en su mano y le animó a salir corriendo para “desestresarse”, para afrontar “una mala racha”… y cómo ese gesto le hizo repensar muchas cosas.

Alejandro cuenta lo mal que le iba en el instituto y cómo al cambiar de centro y de ambiente todo empezó a ir a mejor. No olvidará a tantos compañeros que le han ayudado a salir para adelante.

Ana comparte con el grupo cómo al inicio del curso pasado un profe le dio la oportunidad de “volver a empezar”, de quitarle los miedos y de confiar en sus posibilidades de salir adelante y conseguir lo que se propusiera.

En este grupo tenemos a tres “Ángelas”. La primera recuerda a esa amiga infinita que estuvo a su lado todo el tiempo que la necesitó mientras estuvo hospitalizada. La segunda nos habla de esa profesora que le dio el tiempo que necesitó para superar un obstáculo académico. Y la tercera de nuestras “Ángelas” admite que hoy es universitaria gracias (en parte) a alguien que le aseguró que ella podría estudiar una carrera, si es que se lo proponía.

Para terminar la ronda, Rafa nos cuenta cómo después de mucho tiempo de alejarse de su grupo de amigos, en un mal momento, pudo recobrar su amistad sin sentirse juzgado.

Volvemos al silencio del principio. Ya han hablado todos/as y ahora toca que les digamos algo. Uf, qué difícil. Después de este aluvión de experiencias, nosotros, los profes, cual sastresillos valientes, nos disponemos a recoger todos estos cachitos de vida, retales hechos de recuerdos, para recomponer el vestido del acompañamiento a los jóvenes. Y a modo de espejo, les devolvemos, basándonos en todo lo que ellos han expuesto… y les decimos:

Para nosotros, acompañar a adolescentes es:

Interesarnos por su mundo y por sus cosas. ¡Hay que empezar por el principio! pues a menudo el mundo de los jóvenes parece estar contrapuesto, en guerra con el mundo de los adultos. Tan solo el hecho de interesarnos por sus centros de interés y ponerlos en valor, es ya un gesto revolucionario para muchos jóvenes.

Animarles a tocar sus miedos. Pero sin engañarles, no podemos decirles que no tengan miedo, sólo podemos devolvérselos dimensionados, partirlos en trocitos, analizarlos con la madurez del acompañante para mitigar el miedo del acompañado, advertirles de los riesgos y tenderles la mano para que sientan la tranquilidad de que no están solos para afrontarlos. En palabras de Fran “te sientes fuerte si estás acompañado”.

Ponerlos en el centro. Y nosotros, ponernos a su lado cuando afronten sus dificultades, recordando siempre que ellos son los verdaderos protagonistas de su historia. Permitirles sentir lo maravilloso que es vivir como sujetos de su propia existencia.

Otro mundo es posible. Llevarlos de la mano por otras experiencias, otros mundos, otras maneras de relacionarnos más sanas, completas y satisfactorias. Nunca imponérselas. Pero sí mostrarles que hay más mundo que su mundo, y debemos mostrárselos con la confianza de que tendrán la capacidad de descubrirlos y disfrutarlos, y al final elegirlos… o no, tal y como hizo Carlos con su primo.

Vivir con autenticidad el presente mientras crecemos de manera integral. Ver en los chavales lo que todavía no son, pero sí lo que pueden llegar a ser, al estilo del “inédito viable” del maestro Freire. Señalarles la mariposa que llevan dentro, cuando ellos tan sólo ven en sí mismos un capullo pequeño y feo, tal y como hicieron esos profes tan especiales con Mario y Ángela, cuando atisbaban esa personita que ya vivía latente en ellos. Pero cuidado, con caer en la trampa de que la expectativa de lo que seremos en el futuro nos impida disfrutar de lo que somos en el presente. Nos aterra escuchar a nenes pequeños, con apenas 9 o 10 años que van de campamento de inglés “porque aprender idiomas te abre puertas en el futuro”. Los jóvenes no deben vivir en base a lo que serán, sino vivir con plenitud lo que ya son. Tenemos que luchar contra esa idea tan arraigada en nuestra sociedad de hipotecar nuestro presente en pos de un futuro mejor.

Dar oportunidades. Hacerles sentir que pueden. Apostar por ellos cuando nadie lo hace. Ese “volver a empezar” del que nos hablaba Ana.

Evidenciar nuestra disponibilidad. Que sepan que pueden llamarnos cuando no tienen a quien llamar. Cuando acompañamos a chavales/as, tratamos de dejarlo claro, si puede ser, sin necesidad de decirlo ni verbalizarlo. Aunque, a veces, es necesario decirlo porque no están acostumbrados a semejante regalo.

Os preguntamos educadores/as ¿pueden vuestros chavales buscaros fuera del horario establecido? Justo en ese horario en el que sucede la vida, con sus grandes/pequeños acontecimientos cotidianos.

Acoger, motivar, exigir. Acogerlos en cada encuentro, hablar con el abrazo, acercando corazones, que diría Antonio Chamorro, educador “como la copa un pino”. Que después de cada encuentro se vayan motivados para seguir afrontando los retos de su vida, sin dejar de decirles lo que pensamos con la tranquilidad de que harán lo que crean oportuno, sin miedo a ser juzgados por nosotros y, por supuesto, sin que sus decisiones ponga en riesgo nuestra relación con ellos, nuestro afecto.

Y, por supuesto, no equivocarnos de papel: no somos colegas, ni familia, ni alguien de su grupo de iguales. En definitiva, acompañar adolescentes es caminar a su lado, caminar sus caminos y no empeñarnos en que sean ellos los que caminen los nuestros.

Espe y Javi
(La Espiral Educativa SCA)

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